Cuando, en 1988, un periodista del Washington Post describió en TV al pitcher José Canseco como “un jugador que se hizo grande utilizando esteroides”, el diario se negó a imprimir estas palabras, alegando que no tenían suficiente sustento. Durante la década subsiguiente el rendimiento relacionado a la fuerza de los beisbolistas fue incrementándose de forma vertiginosa ante el silencio generalizado de la prensa, que prefería alimentarse de las prodigiosas actuaciones que los deportistas conseguían. Los esteroides estaban prohibidos por la MLB, pero no había una política de control sobre el uso de los mismos.

Muchos sospechaban, pero nadie se animaba a mencionarlo en voz alta. La percepción general era que el incremento muscular usando pesas en un gimnasio no mejoraba el rendimiento de los jugadores. Así, el público no se veía venir el tsunami que barrería con la imagen del deporte. Un periodista vio una botella de androstenediona en el locker del artista de los home-runs Mark McGuire. Las sospechas crecieron, y el caso BALCO (laboratorio que distribuía esteroides anabólicos entre atletas) salió a la luz. Poco después, Canseco admitió en su libro haber utilizado sustancias prohibidas.

Si no se veía venir semejante escándalo, ¿cómo saber realmente y con precisión en qué grado el dopaje está afectando en un momento dado un deporte?

El fútbol es un caso extraño. No hay demasiados casos de alto perfil en los que jugadores hayan dado positivo con sustancias para mejorar el rendimiento. La mayoría de las sanciones implementadas son por la utilización de drogas recreativas.

¿Significa esto que el doping no es un problema en el fútbol?
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Un análisis a priori indica que no debería ser así. No existe deporte más popular y que mueva más dinero alrededor del mundo. Al haber tanto en juego, la lógica dicta que tendrían que existir casos numerosos de dopaje. Dinero, gloria y fama son incentivos más que suficientes para que individuos e instituciones rompan las reglas. Si competiciones mucho menos redituables (para equipos e individuos) como el ciclismo, el atletismo o el tenis, suelen estar plagadas de suspicacias por parte de los analistas ¿por qué debería ser el fútbol la excepción?

La opinión general supone que, a diferencia de los deportes mencionados, el futbolista no tiene demasiado que ganar consumiendo sustancias prohibidas. Se trata de una actividad donde la técnica, la inteligencia y la capacidad de tomar la decisión correcta influye demasiado como para que la fortaleza física tenga injerencia. Además es un juego en equipo. Ser un super atleta, se supone, no influye tanto.

Excepto que no es así.

La ventaja “ilegítima” puede no ser ganada en un encuentro específico, sino a lo largo de una temporada. Poder jugar más partidos y recuperarse mejor para los mismos es una cualidad extremadamente valiosa en una época en la que los calendarios de los equipos son cada vez más abultados. Tener una mayor resistencia es de una ayuda gigantesca a lo largo del año y sobre el final de cada enfrentamiento. Además, mayor energía y recuperación significa la capacidad de entrenar más, y por ende más posibilidades de mejorar la técnica individual.

En 2015 un mini sismo sacudió al mundo futbolístico cuando el manager del poderoso Arsenal de la Premier League, Arsene Wenger, declaró que sus equipos habían jugado en varias ocasiones contra rivales dopados . Esto se dio luego de un partido en el que los suyos cayeron derrotados ante el Dinamo Zagreb. Uno de los balcánicos, Arijan Ademi, había dado positivo . Dos años antes Wenger había pedido a la UEFA mejorar sus métodos de control antidoping, y asegurando que el fútbol estaba lleno de estrellas que eran, en realidad, tramposos.

Puede sorprender, pero hay indicios como para pensar que lo denunciado por Arsene va más allá de las palabras de alguien resentido por una derrota.

En 2006 la Operación Puerto en España desenmascaró una red inmensa de dopaje centrada principalmente en equipos de ciclismo, pero que incluía a varios futbolistas de la liga local. El caso sigue avanzando a día de hoy y amenaza con manchar a una de las competiciones más importantes del planeta.

No es como si se tratase de algo inédito.

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El doping en el fútbol tiene una larga tradición. Lesley Knighton admitió haber dopado a sus jugadores del Arsenal londinense en 1925. Según el arquero Albert Dunlop, distintos jugadores del Everton consumieron anfetaminas durante el curso de 1964 en el que se hicieron con la liga inglesa. Rinus Israel admitió que en la década del ‘70 el equipo holandés Feyenoord administraba sustancias prohibidas a sus jugadores. Según Ferruccio Mazzola, Helenio Herrera, mítico entrenador del Inter, administraba personalmente pastillas a sus jugadores. Cuando estos empezaron a negarse a consumirlas, el argentino empezó a disolvérselas en café. Desde entonces el “Café Herrera” se transformó en una tradición en el equipo. Difícil no unir las líneas y mencionar a otra persona con experiencia en el Calcio, Diego Armando Maradona, quien admitió que previo al repechaje con Australia varios jugadores de la selección consumieron un “Café Veloz” para elevar su rendimiento.

El caso alemán es el mejor documentado, ya que no se compone solamente de confesiones. Según el historiador Erik Eggers, la selección de la República Federal de Alemania campeona del mundo en 1954 recibió inyecciones que muy probablemente contenían un estimulante utilizado en soldados que sufrían de cansancio excesivo durante la Segunda Guerra Mundial. En sus investigaciones Eggers descubrió correspondencia entre la federación alemana y la FIFA que indicaba que tres jugadores teutones habían dado positivo por efedrina durante la Copa del Mundo del ‘66. Los casos nunca salieron a la luz, y ninguna sanción fue aplicada.

Harald Schumacher, arquero de la selección germana de los ‘80, hizo público que la Bundesliga estaba plagada de jugadores que consumían sustancias prohibidas, incluyendo un miembro del Bayern Munich al cual apodaba “la Farmacia Ambulante”. Pierre Littbarski, por la misma época, comentó que jugadores del Colonia habían ingerido grandes cantidades de jarabe la tos previo a un partido de Copa UEFA con el objetivo de mejorar su rendimiento en base a la efedrina. Según una investigación de la Universidad de Friburgo, el equipo de dicha ciudad y el Stuttgart incurrieron en el uso de anabólicos durante los ‘70 y ‘80. Dicho sea de paso, un jugador que pasó por ambos equipos (y negó fervientemente haber utilizado sustancias prohibidas) es el actual entrenador del combinado alemán, Joachim Löw.

¿La cereza del postre? La federación alemana recién adhirió a las reglas antidopaje del Comité Olímpico Internacional en 1988.

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Löw no es el único técnico de primer nivel en la actualidad en haber sido manchado directa o indirectamente por un caso semejante. Pep Guardiola, manager del Manchester City y una de las grandes mentes del fútbol moderno, dio positivo por nandrolona durante su paso por la liga italiana. Por la misma sustancia fue suspendido Frank De Boer, quien dirigió el Inter la temporada pasada y el Crystal Palace a principios de esta, durante su paso por el Barcelona (donde fue compañero de Pep).

Después están los casos de Zinedine Zidane, técnico del Real Madrid, Didier Deschamps, de la selección francesa, y Antonio Conte, del Chelsea inglés. Los tres fueron jugadores de la Juventus en la misma época en la que una investigación descubrió que el staff médico del club se había encargado de administrar sistemáticamente sustancias, algunas permitidas, que los jugadores no necesitaban médicamente para así mejorar su rendimiento. Los jugadores habían recibido distintos tipos de medicamentos, incluyendo inyecciones de Neoton, una sustancia usada para combatir ciertos problemas cardíacos que mejora la recuperación muscular, y que se hizo particularmente conocida luego de que emergiera un video de Fabio Cannavaro, Balón De Oro en 2006, utilizándola cuando era jugador del Parma (Juan Sebastián Verón, jugador y presidente de Estudiantes de La Plata, quien era compañero de Cannavaro, admitió haber usado Neoton, aduciendo que esta no estaba prohibida). En un juicio se dictaminó que no había justificación terapéutica alguna para la utilización de estos medicamentos. Además se confirmó la utilización de sustancias prohibidas como EPO, y el médico de la Juventus fue suspendido, aunque el club no recibió sanción alguna. Otros dos doctores de la Juve fueron suspendidos años después por haberle administrado cortisona (prohibida) a Cannavaro, entonces miembro de la Vecchia Signora.

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En otros casos, las acusaciones van más allá. En 2004 un hematólogo declaró que podía asegurar por los reportes que Antonio Conte había utilizado EPO. Deschamps, por su parte, llegó al punto de tener que testificar ante el senado francés en 2013 respecto al dopaje en la Juve y la selección francesa.

Es curioso, entonces, que, existiendo estos casos que involucran a varios de los encargados los programas futbolísticos más importantes del mundo, se alegue ignorancia respecto a esta problemática.

No solo esto. A pesar de toda la evidencia expuesta a lo largo de la historia, la creencia general es que el dopaje se da de forma individual, que los jugadores lo hacen por su cuenta y que no existen programas sistemáticos por parte de clubes y selecciones. La razón es simple: culpar a algunas pocas “manzanas podridas”, casos aislados, es una buena forma de aislar del escándalo al deporte en general y proteger así el negocio.

El principal problema coincide en todas las competiciones atléticas. Los controles corren siempre por detrás de los avances médicos. Cuando los métodos antidoping mejoran, las herramientas y medicaciones ya han dado un salto que hace difícil el atrapar a aquellos que violan las reglas. Es importante notar que los métodos utilizados en el fútbol se quedan particularmente cortos en relación a otros deportes. La mayoría de las competencias futbolísticas del mundo no realizan tests de sangre, mientras que la UEFA decidió comenzar a implementarlos hace tres años. En la temporada 2014-2015 esta realizó solamente 294 controles de sangre a lo largo del continente, en competiciones que incluyen la Champions League, en la que participan 77 equipos incluyendo fases previas. En comparación, la MLB, que tiene solamente 30 equipos, hizo 140 tests de sangre solamente en pretemporada.

Si el sistema de control de la UEFA es deficiente ¿se puede esperar que federaciones nacionales u otras confederaciones sea más efectiva? El ex ministro de deportes ruso está acusado de encubrir casos de doping, mientras que laboratorios en Moscú intentaron pasar por limpias muestras de múltiples jugadores de las juveniles de dicho país ¿Por qué no podría pasar lo mismo en otras partes del mundo?

Hay suficientes razones, entonces, para sospechar. El doping existe y lo poco que conocemos es solamente la punta del iceberg. Los escándalos surgidos en el seno de la FIFA y las distintas Confederaciones en los últimos años hace todavía más creíble que los controles no sean aplicados con el rigor necesario, y que incluso puedan llegar a ser obviados adrede casos de dopaje a gran escala.