Hace unos días la Selección de fútbol de Rusia quedó eliminada en la fase de grupos de la Copa Confederaciones que se está disputando en su tierra. ¿Su cosecha? Un triunfo ante la débil Nueva Zelanda por 2-0 y sendas derrotas ante las selecciones de nivel mundialista del grupo, Portugal (0-1) y México (1-2).

Esto abre un interrogante a menos de un año calendario para el comienzo de la Copa Mundial en el Estadio Luzhniki de Moscú: ¿Cuál es el problema del fútbol ruso? ¿Por qué una nación con cierta tradición y más de 100 millones de habitantes no puede tener una selección competitiva a nivel internacional? Después de analizarlo desde hace días tengo mi teoría.

Primero hay una realidad: Rusia nunca ha sido una selección destacada en el mundo futbolístico a pesar de ser este el deporte más popular del país desde que era parte de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, cuando a pesar de aportar la mayoría de los futbolistas del equipo, los más destacados venían del territorio ucraniano. Aunque esto no es argumento suficiente para justificar tener una Selección con tan pobre rendimiento, el verdadero problema para mí es algo más. Algo que no engloba sólo al ámbito deportivo sino también al político. El inconveniente real es que la Federación Rusa no forma parte de la Unión Europea.

Mapa de la Unión Europea en 2017

Mapa de la Unión Europea en 2017

Seguramente se estén preguntando que tienen que ver la U.E y el fútbol ruso, la explicación se divide en dos razones que están íntimamente relacionadas. Primero hay que irnos al libro de reglas de la Premier League Rusa, que reza que todos los equipos pueden tener una cantidad máxima de siete jugadores extranjeros en su plantel profesional. Al no ser parte de la Unión Europea, la figura de ‘jugador comunitario’ no existe, así que cualquier persona que no sea rusa es considerada extranjera generando un bloqueo al talento foráneo que ayudaría a crecer a una liga que hoy por hoy no es nada del otro mundo por no decir mala. Si el nivel de la liga creciera, por consecuencia el nivel de los jugadores nacionales también crecería sustancialmente para terminar ayudando a la Selección.

Pero como ya dije este no es el único problema, el segundo es que esto también hace que el mercado interno este sobrevalorado. Cualquier jugador ruso que tiene aunque sea un nivel aceptable es sobrepagado, ya sea siendo comprado por un equipo más grande por una suma abultada o siendo renovado cobrando un sueldo astronómico, lo que hace que el jugador nacional esté cómodo y bien pagado en su país y por lo tanto no tiene la necesidad de jugar en el extranjero en una liga mucho mejor que le permita subir su calidad entrenándose en instalaciones de primer nivel y por los mejores entrenadores del mundo.

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Por ejemplo, el mediocampista Denis Glushakov (jugador que es mi debilidad), tiene nivel para ser titular en un equipo importante europeo y allí podría mejorar aún más su nivel, pero queda encerrado en su país sin necesidad de salir a competir en España por decir una liga top. Además ese sobreprecio hace casi ridículo imaginar que un equipo de primera línea mundial gaste más de lo que vale un jugador que va a ser considerado extranjero, mientras que los medianos y pequeños de ligas como España, Alemania o Italia no tienen los recursos para ficharlos. Por eso los pases del fútbol ruso a equipos top son casi contables con los dedos de la mano. Andrei Arshavin y Yuri Zhirkov son los últimos que vienen a la memoria y fueron en distinta medida fracasos, ya que además de todo lo hablado la adaptación de un ruso a otra cultura es complicada desde la base de tener que aprender un alfabeto nuevo.

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El plantel completo que Rusia presentó en este torneo juega en la liga local, como el de Brasil 2014 y casi todos los de las Eurocopas 2016, 2012, 2008 y 2004. La última que rompió un poco ese paradigma fue la de fines de los 60-principios de los 70 en Corea-Japón 2002, con Aleksandr Mostovoi, Valery Karpin, Viktor Onokpo y Dmitri Khoklov jugando en España, el arquero Ruslan Nigmatullin en Italia, Alexey Smertin en el Bordeaux y Dmitri Alenichev en el Porto de José Mourinho. Pero 2002 era otro tiempo, antes del desembarco de las fortunas de la nueva oligarquía capitalista.

Esta fue mi teoría, queda en el lector compartirla o no. La única verdad es que a meses del Mundial los locales tienen todos los números para ser una de las mayores decepciones de la competición y no hay indicios de que esto cambie.