Hace un rato terminó el partido entre Argentina y Estados Unidos por los Cuartos de Final de los Juegos Olímpicos Rio de Janeiro 2016 de la rama masculina del basket. Con la victoria norteamericana se concretó la eliminación argentina y esto pone fin a la carrera de dos jugadores emblemáticos para nuestro seleccionado nacional (y uno más que no creo que llegue al próximo mundial).

Para Manu Ginobili no queda ninguna duda que este fue su último partido, con 39 años y el próximo gran torneo se asoma recién dentro de tres años, es impensable que pueda volver a jugar con la celeste y blanca. Andrés Nocioni, con 36 años de edad, anunció que el de hoy fue su último partido con la selección, diciendo “Ya le di todo lo que tenía para dar. La verdad es que después dirán si lo hice bien o mal, no lo puedo hacer yo, lo único que sé es que dejé todo lo que tenía para brindar”. En cambio, Luis Scola, de también 36 años, dijo que él si iba a seguir jugando en el seleccionado, pero dudo que pueda llegar a ser parte del Mundial China 2019.

Despedir a estos tres jugadores, o pensar en que ellos ya no estarán en la selección, es un golpe durisimo de realidad. Al tener a cualquiera de estos tres en la cancha, vos tenias esperanzas de de cualquier cosa. De una remontada increíble, de una jugada sacada de la galera, de un triple salvador o de un momento absolutamente mágico.

En estos catorce años (desde el Mundial Estados Unidos 2002 a estos Juegos), con la selección de basket pasé por todas las sensaciones posibles. Una alegría inmensa (en reiteradas oportunidades), momentos de bronca (la final de Indianapolis 2002, principalmente), momentos de euforia desmedida (en esta salí corriendo como un enfermo por toda la casa de mi hermano a los gritos), momentos de llanto (tanto de alegría como de tristeza). Pero en ningún momento tuve la sensación que ellos tres (o el equipo en general) no daban todo lo que tenían. Siempre la actitud del equipo fue algo que no estuvo en duda, ni si fuera un partido de primera ronda, un amistoso o un partido eliminatorio.

Otra

Este no es un post de análisis ni del partido de hoy, ni del torneo en si. Hoy es el cierre de una generación irrepetible en la historia del basket nacional, una generación que nos dio cuatro participaciones olímpicas de manera consecutiva (algo que cuando yo era chico era impensado, ya que hasta antes de estos muchachos habíamos jugado solo dos veces), dos medallas olímpicas, una de ellas de oro (una de las cuatro que no son de los yankees), un subcampeonato mundial y muchos, muchos momentos inolvidables.

Para cerrar, voy a contar un pequeño secreto. Hoy no vi el partido (y podría haberlo hecho). Desde que me levanté estaba decidido a no verlo. Anoche lo pensé y llegué a la conclusión que lo mejor que podía hacer era no ver el partido. En gran parte se debió a que no había visto el partido del pasado lunes con España. ¿Que tiene que ver el partido de España? Al no verlo, me quise quedar con la imagen del partido con Brasil. Me quise quedar con la imagen de un equipo consiguiendo un resultado en una patriada épica, de visitante, ante el rival de toda la vida, en un nuevo milagro del equipo de los milagros. Con esa imagen de un equipo que me hizo llorar, una vez más. Que me daba una alegría más, tan dulce como todas las veces anteriores. Me fue imposible pensar en quedarme con otra imagen del “ultimo partido” de ellos, que no fuera esa. Era injusto que la imagen del último partido de ellos sea una derrota, y para colmo, una derrota abultada ante un seleccionado de Estados Unidos que era claramente superior. Era injusto para mi y mi memoria, pero sin ningún lugar a duda, era mucho más injusto para ellos, para ellos que nos dieron todo, una y otra vez, sin reclamar nada a cambio.

(Otra de las razones por la cual no quise ver el partido de hoy, fue porque tenía la certeza de que iba a llorar. Que los iba a ver juntos en la cancha por última vez y que no iba a poder controlar las lagrimas, esas mismas que me brotan cada vez que leo un texto como este o este sobre ellos. Conseguí no ver el partido, pero lo que no logré, fue no llorar).

EL

Gracias por todo.